Tenía unas palabras dando vueltas en la cabeza sin parar. Y a quien se las había dicho. No dejaba de rememorarlas. Durante el desayuno, mientras intentaba concentrase en los apuntes de Isabel II, mientras se vestía para ir a dar una vuelta...
La verdad es que mirase donde mirase lo único que veía eran unos ojos de tonos grises.
La verdad es que sentía, a la vez, una angustia en el pecho que la aprisionaba. Sabía lo que estaba pasando, y Nekane, aunque suene ridículo, tenía miedo.
Había oído muchas promesas que no llegaron a ningún lado. Había confiado su alma al diablo por alguien que se puso de parte del propio Satanás. Se había acercado al acantilado, a contemplar el sol sobre el mar, sin saber que la iban a dejar caer.Su corazón se estremecía ante la simple idea de alejarse de la muralla de piedra que se había construido. No quería más heridas que tener que sanar a base de un whisky barato.
Y, sin embargo, alejarse de él tras esa protección de roca le dolía aún más.
"Tener miedo a intentarlo no significa que no vaya a hacerlo", se dijo. No... esconderse por miedo no es vivir. Y quien no arriesga no gana.
Solo espera que, si tiene que llegar la hostia de nuevo, esta vez aprenda. Aunque en realidad reza cada noche para que este sueño que parece haber empezado no acabe... No quiere seguir creyendo que una historia con final feliz sea una historia sin acabar.
¿Sabes? Hay una canción que de describe perfectamente lo que siente Nekane: "Pero tengo que admitir que me empiezas a importar. Tengo miedo de quererte, y pasarlo mal."
Lo gracioso es que, cuando lo piensa, se da cuenta de que ya es demasiado tarde. Esos ojos la importan demasiado.
Sí, tengo miedo. Pero no me gusta tenerlo. Me siento atrapada, limitada. Y no me gusta. Sí tú quieres, puedo volver a entrar a la partida. Que me repartan cartas de nuevo, que no temeré apostar fuerte. Pero claro, todo eso si tú quieres...


