Querido diario,
Hoy, tras mucho tiempo y muchas vueltas en la cabeza a si debía escribir o no, vengo a hablarte de la nada.
Fue la madrugada de un lunes a un martes cuando, tras una conclusión precipitada, lo sentí. O mejor dicho, lo no sentí. Porque, una vez se me secaron los ojos, solo quedaba vacío, nada, oscuridad. Ni la mejor ni la más dura o dolorosa de las noticias habrían producido ninguna clase de sentimiento, sensación en mí. No, si no tenían que ver con él.
A la mañana siguiente descubrí algo: él era capaz de hacer desaparecer la nada. Llegaba él y se disipaba todo lo oscuro que me rondaba el pecho. Lo sustituía con esperanza, una leve pizca de felicidad y un dolor punzante y agónico. Pero sentía. Y necesitaba saber si merecía la pena sentir eso o debía acostumbrarme a la nada, al mi sin ti.
Probé lo primero, manteniendo la distancia en la medida de lo posible. Aparecía él, se iba el vacío. Un día nos besamos, ¿sabes?, y algo explotó en mi. Llámalo recuerdo, nostalgia, esperanza, melancolía, añoranza. Llámalo como quieras.
Y dolió en cada fibra de mi. Lo sentí en la nuca, erizándose con mi pelo; lo sentí en los brazos, poniéndome la piel de gallina; lo sentí en los ojos, inundados de lágrimas; lo sentí en el pecho, hecho un nudo.
Lo sentí en sus manos, sujetándome.
Y decidí huir.
Llegué a pensar que era la mejor decisión. Que la nada del pecho podría ser mejor que cualquier otra cosa. Que me ayudaría a recuperarme. Pensé que "había llegado la oportunidad para redescubrirme a mi misma, para rehacerme". Qué gilipollas. Qué pedazo de gilipollas. Prefiero mil días de dolor a su lado que haber pasado uno más sin él.
Él volvió. Y de nuevo, qué gilipollas fui. Le dije que ya no le quería, ¿sabes?. Pero tuve razón ahí, ambos necesitábamos reconstruir nuestras ruinas para poder alzar algo grande después.
Además, estoy en deuda con él. Empezamos a reconstruirnos, cada uno por nuestro lado, pero le asesté un golpe de gracia al pilar que sostenía todo lo que él había reconstruido ya. Lo derribé. Y tengo que ayudarle a reconstruirlo una vez más. La nada del pecho se lo tragaba todo, como un agujero negro, y no fui capaz de darme cuenta de cuánto mal estaba haciendo. Joder, ahora lo veo.
Nunca dejó de quererme, ¿sabes? Pero yo intenté dejar de sentir por miedo a más dolor. Qué tonta.
Pero volvió, de nuevo. Y esta vez le escuché. Le pedí un día para ordenar mis ideas, para ver que opinaba la nada de todo aquello.
Pero la nada se había ido porque aquella noche lo vi todo en sus ojos.
Lo perdí todo por la nada, pero nada me va a parar ahora que quiero dárselo todo. Ni la distancia, ni la inseguridad, ni los recuerdos, ni los días malos, ni el miedo, ni mis celos. Voy a luchar con uñas y dientes porque sé, más que nunca, que mi felicidad no es sin él.
Se lo dije, que él era el extremo de mi hilo rojo. No sé si sabe muy bien lo que significa. Según una antigua leyenda china, un hilo rojo invisible conecta a aquellos que están destinados a encontrarse, sin importar tiempo, lugar o circunstancias. El hilo se puede estirar o contraer, pero nunca romper. Cuenta que un anciano que vive en la luna sale cada noche y busca entre las almas aquellas que están destinadas a encontrarse, y las ata con un hilo rojo para que no se pierdan.
Y por eso sé que no voy a perderle, seguro. Pero aún así no pienso arriesgarme.
Volveré a escribir, querido diario. No sé cuando, ni la razón que me llevará a ello, pero ya se verá.
Nekane.
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Enamorarme de ti, a pesar de todo, es lo mejor que me ha pasado nunca. Ya te lo he dicho. Sé que he hecho mil cosas mal, pero de los errores se aprende, de verdad que sí. Te he prometido sinceridad absoluta, transparencia. Y te prometo algo más: que te voy a querer toda la vida y que voy a trabajar día a día para compensarte, para curarte el daño causado. Pero por favor, déjame hacerlo.
Te quiero más que a mi propia vida.