viernes, 17 de agosto de 2012

La suerte de mi vida.

"Cada noche la suerte cambia de mano, pero dicen que siempre termina volviendo"

Nekane había perdido ya la esperanza. Hacía meses que la suerte había desaparecido de su vida, y nada daba a entender que tuviese intención de volver. Y, sin embargo, pese a haber perdido toda esperanza, Nekane no había abandonado el juego.
Como cada vez antes de salir, paró en el espejo de la entrada de su casa, a mirarse, y de pronto quedó como abstraída en un pensamiento:
"La vida es como un juego. Los jugadores se sientan y se van continuamente de tu mesa, los ases cambian de mano, los jocker se mofan de la mala suerte... Pero esta no se acaba hasta que tu abandonas. Y si sigues viva, es que la partida continúa."

Cuando salió de su ensimismamiento ya estaba andando por la calle. No tenía rumbo fijo. ¿Para qué? Ella estaba buscando "estrellas fugaces". Sí, como lo oís. Pero no estrellas de esas que vemos por la noche en el cielo. No de esas a las que pedimos deseos.
No. Estas estrellas son personas que consiguen influir en las de su alrededor. Aquellas personas que si tienes cerca, hacen que no desees otra cosa. Ya había visto varias.

Un abuelo con su nieto pequeño, armado de paciencia y cariño. Los ojos del anciano denotaban cansancio de vivir, pero también un amor tan profundo como el más hondo de los océanos. Ojalá ese niño supiera la suerte que tiene.

Una chica, sentada al lado de la que parecía su mejor amiga, a la que consolaba lo mejor que podía. Sus ojos dejaban ver que el sufrimiento de su amiga la rompía por dentro, que no podía verla así. Ojalá aquella chica tan triste supiese con cuanto apoyo cuenta.

Pero Nekane no podía hacer nada. Es una de las reglas no escritas de ver esas estrellas fugaces. Quien las tiene cerca debe darse cuenta por él mismo. No puedes entrar en una partida que no sea la tuya, y menos para dar lecciones de moral.

Siguió andando, pero de pronto paró en seco. Delante de ella había un chico que también había parado a observarla. Si cualquiera de los transeúntes que pasaban por ahí se hubiera parado a mirarles, habría visto con total facilidad el vinculo casi mágico que se había creado entre ambos. Era un chico alto, de piel blanca y pelo negro. Nekane avanzó un paso. El chico otro. Quedaron a menos de 30 centímetros el uno del otro. En ese momento, Nekane se fijó en sus ojos, color marrón caoba, aunque le pareció ver en ellos un destello verde y gris.
Pero vio algo más en ellos. Vio la luz de la estrella fugaz más brillante que había encontrado. Vio la esperanza que había dejado de existir tiempo atrás. Vio las sonrisas, la felicidad. 
Y lo vio más cerca que nunca, porque ese chico, sin saberlo, había entrado en su partida. En su vida.

Había encontrado su estrella fugaz, su propia estrella polar, con más brillo que ninguna, solo que en vez de a 430 años luz, a escasos 30 centímetros.

Él había hecho que la suerte cambiase de mano. Que volviese a ella.
Él era la suerte de su vida.